A José Luis Mangieri

Está dedicado este número, y los posteriores. Porque, así como él es inolvidable, mencionarlo es recordarlo. Es recordar las charlas en su casa, sus anécdotas, sus consejos, el tomar una ginebra después del desayuno, su generosidad, su maestría, su humanidad, su ejemplo.
Al irse nos deja una pérdida abismal en todos los sentidos. Es una figura irreemplazable en la cultura argentina.
Lo conocí cuando estaba haciendo en grupo un trabajo en la facultad sobre:«sucesos editoriales argentinos».
El facilismo nos llevó al: Boom Latinoamericano, una disputa en el grupo me situó del lado de un compañero que dijo: vamos a hacer un trabajo sobre «La Rosa Blindada», el verdadero boom.
Charlamos con José Luis en un bar de la calle Corrientes; en tres horas me cambió la forma de ver muchas cosas: lo editorial, el compromiso, el nunca darse por vencido. Aprendí de historia con él, como no lo hice en ningún lado.
Conocí poetas del ahora y del antes.
Conocí lo que es ser un editor de oficio, que las cosas van más allá de un título, que obrar es lo que hay que hacer.
Seguir y seguir como él; pasen los gobiernos, las dictaduras, las quemas, las prohibiciones, la ignorancia unida al poder en todas sus formas.
Hoy me levanto y siento cierta nostalgia teñida con un poco de angustia pero en cuanto lo recuerdo profundamente me veo abrazándolo en la puerta de su casa, partiendo tras una charla, con la sensación de estar lleno de energía y ganas. Energía y ganas que él nos daba.

Maximiliano Kreft

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