Avance antes de devolver

Por Pablo S. Scarpaci

Así como hoy se ubica en el plafón más alto de la ruina del lenguaje a la comunicación cibernética y se pregona a la literatura como forma más alta de culturización, hace varios siglos el surgimiento de la escritura fue, para la sociedad de la época, la decadencia de la poesía oral, condición más pura del arte. Asimismo, el cine tuvo, para los cahiers encerrados 19 horas en la Cinemateca francesa desempolvando a Gance y Vigo, el mismo poder hipnótico que hoy surte una Playstation para un joven o Discovery Kids para un niño. Por lo tanto, puede señalarse que el formato de arte en auge es considerado bárbaro de los valores preestablecidos por la sociedad. Y el cine, a pesar de ser conjunto de todas las artes en un formato de rápido consumo, ha pasado de moda, parece haber perdido su impacto y taboo. No es para tanto, simplemente olvidamos por qué nos gusta.
¿Cuál es su atractivo? Que nos miente. Más que las otras artes, porque lo hace levemente, al oído. Llámenlo mimesis, diégesis, artificio o como sea. Cuando algo extraño nos sucede en la vida precipitadamente, decimos: "esto es como una película de x". Aceptamos que el resto de la vida real contiene todos esos sucesos incómodos y aburridos, burocráticos, que un montaje puede convenientemente obviar.
Por eso no existe el cine real-como-la-vida que vendieron tantos mediocres, y en el olvido quedan los cineastas que buscaron aunar esa gran mentira de mil teorías poco convincentes para definir un término ambiguo como docu-drama con ficciones ascéticas. Frente a ese intento absurdo, vemos la exageración de la mentira en producciones que, queriendo enfrentar el amarillismo de los mass media, abundan en explosiones y caras bonitas. Ni hablar de quienes aún buscan en las vanguardias de principios del siglo pasado la expresión del nuevo milenio.
El avance tecnológico le ha facilitado casi a cualquiera filmar su propia imitación de la vida, y la respuesta del hombre ha sido la falta de ideas o el plagio. ¿Será que todavía no estamos preparados para el cine? Esto sería un buen augurio, pronóstico de que lo mejor está por venir, cuando comprendamos su lógica y ciencia. ¿O será que ya no creemos en sus mentiras?
En los '90, con el auge del hoy desaparecido videoclip, se aceleraron los latidos de la narración al nivel de buscar rapidez antes que trama. El resultado fueron escenas tomadas de otro cine, el plagio de ideas y la creación puramente por montaje, lo que generó la marca de aquella estación. Y las facilidades del nuevo siglo permitieron que muchos filmen y fotografíen más momentos que los vividos, de manera poco interesante, quitándole lugar al recuerdo, fiel montajista de nuestra memoria. Wim Wenders expresaba, con respecto al video de Losing my Religion, de REM, que hubiese preferido no ver el clip, porque el estilo lírico cut-up de Stipe le hacía imaginar algo completamente diferente a la estética ilustrada.
Un puñado de películas decentes, y no más que eso, es lo que me han ofrecido estos ocho años. Luego, imágenes de impacto, remakes y muertos varios. He visto una película de próximo estreno en nuestro país, Boy A (John Crowley, 2007), cuyo argumento de niño asesino que sale de la cárcel y busca reinsertarse en la sociedad inglesa, ya adulto y con seudónimo, se presta fácilmente a la sobre-exposición de golpes bajos. Pero en sus 100 minutos no somos testigos ni del asesinato de la infancia, ni del trágico final del personaje. Guionista y director nos llevan por el espiral descendente de un personaje interpretado a la perfección por Andrew Garfield, y en la actuación y devenir de la trama se encuentra el secreto de su dignidad. Dos muertes imaginadas, en off, signo de buen gusto.
Pregunto, ¿si sumamos la cantidad de cadáveres de cada film estrenado en los 2000 se supera el número de víctimas de las guerras reales? Si es así, tal vez sería hora de dejar por un tiempo la pantalla en negro, para poder reflexionar cómo encaramos el próximo decenio.

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